Domingo 18 Noviembre 2018

  

 

Comuna 15

  

murgaFebrero es el mes de las murgas. Con galeras y levitas, bombos y platillos, salen a las calles porteñas para revivir una tradición cultural que la última dictadura amenazó con matar. Pertenecientes al circuito oficial o defensoras de la movida independiente, todas aspiran a recuperar los históricos feriados carnavaleños.

 

Para muchos pasa desapercibido. Sólo se enteran que el carnaval está vigente si alguna bombita de agua los salpica (y enoja). Jamás pisaron un corso ni escucharon hablar del mágico universo del Rey Momo. Pero para otros, muchos otros, el carnaval es uno de los momentos más intensos y esperados del año. Murgueros de sangre, son ellos quienes mantienen viva una tradición cultural que la última dictadura pretendió desaparecer. Coloridas y ruidosas, con muchos obstáculos por vencer pero también con mucho territorio ganado, las murgas salen a escena por estos días para copar las calles porteñas.

“En el ‘76 los fachos / no nos dejaban tirar / ni papelitos ni agua / privaron el carnaval”, cantan los Despilfarrados de Colegiales, y los versos siguen: “Ahora esta murga busca / recuperar la tradición / que en los barrios hace tiempo / hace tiempo se perdió”. Al ritmo de bombos y platillos, el reclamo por la recuperación de los feriados nacionales de carnaval continúa presente y las marchas para pedir el veto del decreto 21.329 se repiten cada verano.

“Fue algo que nos sacaron. En los últimos años las murgas crecieron mucho y así y todo no nos lo quieren dar”, se queja Ricardo, director de Los Desconocidos de Siempre, murga de más de un centenar de integrantes y una década de historia en Parque Centenario. Silenciadas cuando el terrorismo de Estado censuraba y reprimía, las murgas volvieron a tener voz en democracia; pero el carnaval nunca recuperó sus días propios para el festejo. Y las multitudinarias fiestas carnavalescas de los años ’30 y ’40 quedaron como un recuerdo del pasado. 

“Es una deuda de toda la sociedad que el carnaval se instale como un festejo reconocido –reflexiona Martín, de Pasión Quemera- Seguramente desde la proscripción de la dictadura a la gente le cuesta salir a la calle, pero la sociedad en su conjunto lo tendría que resolver”. Roja y blanca, Pasión Quemera nació hace 15 años y pertenece a Parque Patricios, justo en el límite con Pompeya. La murga surgió en el marco de las celebraciones barriales de fin de año; hacia mediados de los ‘80 los festejos incluían la tradicional quema de muñecos, luego se sumó el baile y, finalmente, el 31 de diciembre de 1995 tuvo un componente distinto: Pasión Quemera había llegado para quedarse.

Esta murga de Parque Patricios forma parte del circuito murguero oficial, evaluado y clasificado por el gobierno porteño. Desde 1997, cuando las murgas fueron reconocidas como Patrimonio Cultural, la Comisión de Carnaval organiza una instancia de pre-carnaval donde las murgas con intención de estar oficialmente registradas y recibir una subvención son examinadas y –en caso de ser aprobadas- catalogadas en distintas categorías. “Para nosotros es un logro que se nos pague un caché. Sirve para poder movilizarnos, comprar las telas. Lo vemos como un logro y un derecho”, dice el murguero de Pasión Quemera.

 

Pero no todos los portadores de bastones, máscaras, galeras y levitas de colores opinan lo mismo. “Después de 2001 salimos del espacio gubernamental; no estábamos de acuerdo con el concurso y todo lo que implica ponerle reglas a una fiesta popular”, dice Fiorella, integrante de Cachengue y Sudor, de La Paternal. Esta murga roja, verde y amarilla se enfrentó el año pasado a una de las trabas burocráticas que la reglamentación implica: contaba con la autorización del gobierno porteño (necesaria incluso para las murgas que están por fuera del circuito oficial) para ensayar en la plaza 24 de Septiembre pero, por otra normativa porteña, esa plaza fue vallada y los cachengueros se quedaron sin lugar. “Enrejo alegrías, enrejo los sueños / Enrejo el futuro, de todo soy dueño / Como mis maestros todos militares / Enrejo los gritos que son populares”, cantaban por entonces. Recién hace poco más de un mes recuperaron su espacio; “sentamos el precedente de hacer valer un derecho aún siendo del escenario independiente”, concluye Fiorella.  

Maribel integra la flamante Quiero vale murga, creada hace cinco meses en Floresta. Forma parte de la movida independiente y cuestiona los obstáculos a los que se enfrentan quienes deciden mantenerse al margen del circuito oficial. “En febrero no podés hacer un corso porque está todo tomado por el circuito oficial y no te aprueban ni un corte de calle”, cuenta. Un traje verde, violeta, negro y blanco viste a esta murga autogestionada y recién nacida, que pese a las dificultades busca instalarse como espacio artístico y social en el barrio.

 

Oficiales o independientes, los espíritus murgueros comparten el sueño de recuperar los feriados de carnaval y hacer de esa fiesta popular un fenómeno masivo, como antaño. Para unos y otros la murga es una pasión, una forma de vida. “Es una manera de expresarse, de liberarse y sacar una sonrisa para vos y para el resto”, define un despilfarrado de Colegiales. “Es un espacio donde uno encuentra un lugar de pertenencia para desarrollarse artísticamente, de militancia en el sentido amplio, contactándose con el vecino del barrio, eso de ir a la plaza como lugar de encuentro que un poco se pierde, esta cosa bien popular, bien porteña”, resume una cachenguera sudorosa. De fondo, el repique de los bombos invita a sumarse. 

Para muchos pasa desapercibido. Sólo se enteran que el carnaval está vigente si alguna bombita de agua los salpica (y enoja). Jamás pisaron un corso ni escucharon hablar del mágico universo del Rey Momo. Pero para otros, muchos otros, el carnaval es uno de los momentos más intensos y esperados del año. Murgueros de sangre, son ellos quienes mantienen viva una tradición cultural que la última dictadura pretendió desaparecer. Coloridas y ruidosas, con muchos obstáculos por vencer pero también con mucho territorio ganado, las murgas salen a escena por estos días para copar las calles porteñas.

 

“En el ‘76 los fachos / no nos dejaban tirar / ni papelitos ni agua / privaron el carnaval”, cantan los Despilfarrados de Colegiales, y los versos siguen: “Ahora esta murga busca / recuperar la tradición / que en los barrios hace tiempo / hace tiempo se perdió”. Al ritmo de bombos y platillos, el reclamo por la recuperación de los feriados nacionales de carnaval continúa presente y las marchas para pedir el veto del decreto 21.329 se repiten cada verano.

 

“Fue algo que nos sacaron. En los últimos años las murgas crecieron mucho y así y todo no nos lo quieren dar”, se queja Ricardo, director de Los Desconocidos de Siempre, murga de más de un centenar de integrantes y una década de historia en Parque Centenario. Silenciadas cuando el terrorismo de Estado censuraba y reprimía, las murgas volvieron a tener voz en democracia; pero el carnaval nunca recuperó sus días propios para el festejo. Y las multitudinarias fiestas carnavalescas de los años ’30 y ’40 quedaron como un recuerdo del pasado.

 

“Es una deuda de toda la sociedad que el carnaval se instale como un festejo reconocido –reflexiona Martín, de Pasión Quemera- Seguramente desde la proscripción de la dictadura a la gente le cuesta salir a la calle, pero la sociedad en su conjunto lo tendría que resolver”. Roja y blanca, Pasión Quemera nació hace 15 años y pertenece a Parque Patricios, justo en el límite con Pompeya. La murga surgió en el marco de las celebraciones barriales de fin de año; hacia mediados de los ‘80 los festejos incluían la tradicional quema de muñecos, luego se sumó el baile y, finalmente, el 31 de diciembre de 1995 tuvo un componente distinto: Pasión Quemera había llegado para quedarse.

Esta murga de Parque Patricios forma parte del circuito murguero oficial, evaluado y clasificado por el gobierno porteño. Desde 1997, cuando las murgas fueron reconocidas como Patrimonio Cultural, la Comisión de Carnaval organiza una instancia de pre-carnaval donde las murgas con intención de estar oficialmente registradas y recibir una subvención son examinadas y –en caso de ser aprobadas- catalogadas en distintas categorías. “Para nosotros es un logro que se nos pague un caché. Sirve para poder movilizarnos, comprar las telas. Lo vemos como un logro y un derecho”, dice el murguero de Pasión Quemera.

 

Pero no todos los portadores de bastones, máscaras, galeras y levitas de colores opinan lo mismo. “Después de 2001 salimos del espacio gubernamental; no estábamos de acuerdo con el concurso y todo lo que implica ponerle reglas a una fiesta popular”, dice Fiorella, integrante de Cachengue y Sudor, de La Paternal. Esta murga roja, verde y amarilla se enfrentó el año pasado a una de las trabas burocráticas que la reglamentación implica: contaba con la autorización del gobierno porteño (necesaria incluso para las murgas que están por fuera del circuito oficial) para ensayar en la plaza 24 de Septiembre pero, por otra normativa porteña, esa plaza fue vallada y los cachengueros se quedaron sin lugar. “Enrejo alegrías, enrejo los sueños / Enrejo el futuro, de todo soy dueño / Como mis maestros todos militares / Enrejo los gritos que son populares”, cantaban por entonces. Recién hace poco más de un mes recuperaron su espacio; “sentamos el precedente de hacer valer un derecho aún siendo del escenario independiente”, concluye Fiorella. 

 

Maribel integra la flamante Quiero vale murga, creada hace cinco meses en Floresta. Forma parte de la movida independiente y cuestiona los obstáculos a los que se enfrentan quienes deciden mantenerse al margen del circuito oficial. “En febrero no podés hacer un corso porque está todo tomado por el circuito oficial y no te aprueban ni un corte de calle”, cuenta. Un traje verde, violeta, negro y blanco viste a esta murga autogestionada y recién nacida, que pese a las dificultades busca instalarse como espacio artístico y social en el barrio.

 

Oficiales o independientes, los espíritus murgueros comparten el sueño de recuperar los feriados de carnaval y hacer de esa fiesta popular un fenómeno masivo, como antaño. Para unos y otros la murga es una pasión, una forma de vida. “Es una manera de expresarse, de liberarse y sacar una sonrisa para vos y para el resto”, define un despilfarrado de Colegiales. “Es un espacio donde uno encuentra un lugar de pertenencia para desarrollarse artísticamente, de militancia en el sentido amplio, contactándose con el vecino del barrio, eso de ir a la plaza como lugar de encuentro que un poco se pierde, esta cosa bien popular, bien porteña”, resume una cachenguera sudorosa. De fondo, el repique de los bombos invita a sumarse.