Fue una tarde en la que el pasado y el presente se encontraron otra vez en un lugar de la Ciudad de Buenos Aires que, por unas horas, se llenó de sonidos, colores y recuerdos. El 30 de diciembre de 2025 marcó el vigésimo primer aniversario de una de las jornadas más dolorosas de la historia reciente del país: la tragedia en el boliche República Cromañón, donde en 2004 murieron 194 personas y más de mil resultaron heridas en cuestión de minutos, tras un incendio durante un recital de la banda Callejeros.
Este año, el acto central de homenaje -organizado por No Nos Cuenten Cromañón- se realizó por primera vez en el Estadio Malvinas Argentinas, en el barrio de La Paternal, con un lema que condensa tanto reclamo como esperanza: “A la gente solo la ayuda la gente”.
La decisión de mudar el lugar respondió, según los organizadores, a una búsqueda de mayores condiciones de comodidad, seguridad y visibilidad para quienes cada año se acercan a recordar, acompañar y reclamar justicia. No fue un acto formal: fue una jornada que combinó la fuerza de la música en vivo con actividades solidarias, expresiones culturales y un claro llamado a no dejar en el olvido lo que pasó aquella noche.
Durante toda la tarde, miles de personas -familiares de víctimas, sobrevivientes, organizaciones sociales y vecinos- se encontraron en un espacio que se llenó de sonidos, emociones y símbolos. Sobre el escenario se presentaron siete bandas, entre ellas Ojos Locos, que había tocado en la previa del show original de Callejeros la noche de la tragedia, y Don Osvaldo, la banda liderada por Patricio “Pato” Fontanet, exvocalista de Callejeros, que cerró la jornada con un set cargado de rock y memoria.
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La música no estuvo sola: hubo espacio para la poesía, la pintura y la danza. Familias, amigos y sobrevivientes compartieron palabras desde el escenario, recordando a quienes no pudieron volver a sus casas, a quienes quedaron marcados de por vida y a los que se fueron después, incapaces de sobrellevar las secuelas físicas y emocionales.
La jornada también incluyó actividades solidarias. A lo largo de la tarde se ofrecieron Bonos Solidarios, cuya recaudación será destinada a la donación de alimentos y juguetes para barrios populares, en colaboración con organizaciones como Tejiendo el Barrio y la Fundación AAAJ. Además, lo recaudado contribuirá a sostener programas de asistencia en salud mental y charlas en escuelas, que buscan abrir espacios de diálogo y prevención.
Por la mañana, antes del acto principal, se realizó una misa frente al santuario construido cerca de la estación de trenes de Once de Septiembre y de Plaza Miserere, donde cada año se reúnen familiares y sobrevivientes para honrar a los fallecidos y renovar el compromiso con la memoria. También hubo una marcha que recuperó las calles de una zona que, por un momento, volvió a sentir el peso de la historia.
La organización del evento destacó que no contó con apoyo económico ni logístico del Estado, y que se sostuvo únicamente gracias al acompañamiento de la comunidad. Para muchos de los presentes, eso fue parte del sentido profundo de la jornada: un acto construido desde abajo, con el trabajo y la presencia de quienes no olvidan.
En la memoria colectiva, Cromañón no es solo una fecha. Es una herida que se abrió hace 21 años y que sigue marcando. La tragedia no solo transformó vidas de quienes estuvieron allí: generó un movimiento de familiares y sobrevivientes que reclamó justicia durante décadas, impulsó cambios en normas de seguridad en lugares de espectáculos y obligó a repensar las condiciones en las que se desarrollan eventos masivos.
Y mientras la tarde avanzaba en La Paternal, entre charlas, acordes y silencios, se hacía evidente que para muchos la memoria es algo más que recordar: es mantener viva la exigencia de verdad, la solidaridad en el presente y la esperanza de que actos como este sirvan para construir vínculos y respuestas colectivas. No fue un homenaje neutro o decorativo; fue una jornada que recuperó el sentido comunitario de recordar juntos.
Veintiún años después, Cromañón sigue siendo una historia que duele, una historia que convoca y una historia que, año tras año, encuentra nuevas formas de afirmarse en las calles, en la música y en la memoria de quienes siguen presentes.